Me temo que sí: un post endogámico. Pero acabo enseguida, lo prometo. Sólo quiero contar que ayer de madrugada nació Diestralandia. Debería decir que es continuación natural de La Trama, pero tal vez sea antinatural. Una vez que uno se quita de encima la obligación de zambullirse en según qué sitios, lo lógico —y hasta lo prudente— sería someterse a una terapia de desintoxicación y tratar de volver a ser una persona normal. Por lo visto no es mi camino.
Como me conozco, sí quiero dejar por escrito que me será imposible alimentar diariamente a la nueva criatura. Me impongo un mínimo de una entrada semanal y a partir de ahí, ya se verá. A mi ritmo, que, dicho sea de paso, no sé aún cuál es. Lo mismo te subo el Tourmalet sin apoyarme en el manillar que no soy capaz de bajar a comprar jabón de afeitar a la tienda de la esquina.
Me encantaría quedar de narices diciendo que todo esto responde a mi compromiso inquebrantable con la Verdad, la Libertad, la Integridad y me llevo una, pero me temo que es más bien puro vicio. No lo paso tan mal como podría parecer haciendo espeleología cavernaria y, por otro lado, luego disfruto un congo al ver que hay un puñado de lectores y lectoras que lo aprecian. Nos leemos. O eso espero.
El último blog de Javier Vizcaíno
domingo, 4 de marzo de 2012
sábado, 25 de febrero de 2012
Una lágrima por Público
Evito la tentación de la loa fúnebre grandilocuente. Soy demasiado escéptico para tragarme que la pérdida de otro periódico más, aunque sea uno que yo quería con toda mi alma, vaya a suponer no sé qué desgarrón irreparable a la pluralidad y la libertad de expresión. Con o sin Público, hace ya mucho tiempo que no existían ni la una ni la otra sino como entelequias o proclamas voluntaristas.
El milagro es haber durado tanto cabalgando en dirección contraria. Según las leyes de la física y el manual de uso de este diabólico toro mecánico que es el periodismo actual, deberíamos habernos dejado los morros en el suelo en la primera curva. ¿Qué exceso de atrevimiento era ese de tratar de mostrar los trozos prohibidos de la realidad oficial o de prestar a voz a toda suerte de perroflautas, desconformes, tocapelotas y disidentes incluso de sí mismos? Hasta ahí podíamos llegar. De hecho, hasta ahí hemos llegado.
Como en la canción de Silvio, las causas nos fueron cercando y el azar se nos ha ido enredando. Ya no estamos en el kiosco. Capri, c'est fini. Duele, claro que duele, pero las higiénicas y balsámicas lágrimas de pena y de rabia no pueden hacernos olvidar que, en el fondo de cada uno de nosotros mismos, sabíamos que esto podía terminar exactamente así.
Hagamos caso a Kavafis: no digamos que fue un sueño. Aunque ya no podré hojearlo, guardaré un recuerdo absolutamente real de un periódico que me gustaba —ahí va otra paradoja— justamente porque no me gustaba ni siempre ni todo. Uno, que huye de las adhesiones inquebrantables como del cólera, disfrutaba una enormidad pasando las páginas de lo que jamás quiso ser un catecismo. Y si lo quiso, no lo consiguió, simplemente porque quienes lo hacían eran —¡son!— personas maravillosamente diferentes. No tengo que decir que es a esa gente a quien dedico estas líneas... y cada una de las que han llevado mi firma durante estos años. Para los que tuvisteis la paciencia de leerlas desde el otro lado, mi gratitud infinita y un abrazo inevitablemente emocionado.
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Flexiones y reflexiones,
La Trama mediática
sábado, 9 de abril de 2011
Bye, bye, Spotify
El estómago toma decisiones y luego viene la masa gris con el revestimiento intelectual(oide). Lo acaban de descubrir científicamente o así. Me ocurrió tal cual ayer, cuando leí que Spotify patrocinará la visita de Benedicto XVI a España. Carezco -ya lo he contado más veces- de pulsiones anticlericales, pero hubo algo de la noticia que abrió una brecha (chiquitaja, no exageremos) en algún lugar de mi y cinco minutos después estaba en la página de mi suscripción premium apretando un botón que decía "Cancelar". Un recibo menos que pagar al mes. Diez euritos. No va a quebrar la ahora santa compañía por esa minúscula merma. Nada más lejos de mi forma de ser y pensar que los atávicos "No sabe usted con quién está hablando" o "Me voy a encargar de que esto no se quede así".Conté mi pequeño fogonazo en Twitter, más que para informar urbi et orbi de lo inquebrantable de mis principios, para comentárselo a mi primo Mikel Iturria, que también había arrugado la nariz. Y ahí lo dejé, porque me aguardaba un programa por hacer... con las ganas que se tienen un viernes canicular. A la vuelta -ya de madrugada, tras un gintonic balsámico en compañía de mi espía favorita- me encontré que la cosa había llegado a El País, con nuestros nombres y el respectivo enlace a las piadas. La mía, con una falta de ortografía que me hace sonrojar. Nada que objetar; al contrario, muy honrado por la mención y agradecido a Rosa Jiménez Cano.
El TL daba testimonio de la repercusión con aplausos, retweets neutrales y, cómo no, dos o tres ultracatólicos que venían a sugerir que arderíamos en el infierno. Uno se vanagloriaba de haber conseguido siete suscripciones premium. Venía el tipo a restregármelas, como si yo fuera el adalid de una campaña inexistente contra Spotify. Le contesté que era muy libre de suscribirse y le pedí que respetara que yo me hubiera borrado. Pues ahí que siguió el individuo un rato tocando las narices. Me acordé de una teoría de Mikel: Twitter es como un bar. Uno llega, ve qué se cuece, y se apunta o no al grupete de colegas que anden en ese momento acodados en la barra. De tanto en tanto, aparece un buscabocas, que generalmente no tiene media hostia, y lo mejor es sonreír y, como ha sido el caso, contar el episodio en un post. En el mismo viaje, se quitan las telarañas al blog (este lo tengo muy abandonado) y se pasa un rato entretenido frente al teclado.
Beneficio para todos, incluido Spotify, que repetirá el milagro de los panes y los peces. Por cada uno que nos vayamos, acogerá cuarenta nuevas almas pagadoras que se derretirán escuchando El pescador de hombres o cualquier otro de esos hits de guitarra sobre falda de tablas. El Señor también escribe derecho en la banda ancha torcida.
domingo, 20 de marzo de 2011
El Mundo en Orbyt, un cagarro
Pertenezco a esa minoría extravagante que está dispuesta a pagar por los contenidos de internet. Una cantidad razonable, se entiende. 20 euros por un libro digital que en papel cuesta 22 es un robo y una invitación al pirateo sin matices. Con 6, vamos que chutamos, y aún es mucho si comparamos costes de producción. ¿Y para un periódico? 10 euros mensuales sería algo asumible, si tenemos en cuenta el ahorro en papel, distribución, margen del kiosco y que lo que lees en la pantalla no te va a servir como fondo para la caja de arena del gato ni para limpiar el pescado.El Mundo en Orbyt sale por 15. Sigue siendo caro para la media, pero servidor, que lo necesita por cuestiones laborales, pasa por el aro y es suscriptor desde el mismo nacimiento del juguetito. ¿Suscriptor? He debido escribir sufridor. Cada mañana tengo asegurados dos o tres berrinches gracias al quieroynopuedo de Pedro Jota. Cuando no le da por no reconocerte como usuario, te manda a una página de imposible salida, se empeña en no cargarse (las dos últimas semanas han sido un horror en esto), se queda tonta la ventana de la versión en texto plano o te putea de la forma que se le ocurra. ¿Y dónde protestas? Llame usted a un 902 dejando su pasta y su tiempo para quedarse igual. Escriba un email que le contestarán (a lo mejor) diciendo que eso que les dice no puede ser. Patalee en Twitter para que un boot le pida que le explique el problema por un DM que se va a la papelera...
Un cagarro. Y eso, siendo muy generoso. Lo pongo aquí, negro sobre blanco, por si mi experiencia puede disuadir a alguna otra alma cándida de enredarse en los tirantes digitales del Radolph Hearst de Logroño. Mucho ruido, somos superavanzados, blablabla, te dejamos oler el Marca (¡Hala, Madrizzz!) y Telva... y, a la hora de la verdad, ninguna nuez. Como tantas veces, nos venden una tecnología que no tienen desarrollada. Si ese es el futuro de la prensa de pago por internet, que venga Steve Jobs y lo vea...
¡Ah! Y con dos narices, además de pagar, ahora te calzan un pantallazo publicitario como recibimiento, igualico igualico que cualquier periódico de los que todavía leemos gratis...
sábado, 12 de febrero de 2011
Bono y Obiang, tanto en común...
Los dictadores pasan por otra ventanilla. Da lo mismo si hay continuidad (menuda chorrada, por cierto, Herr Rubalcaba) o si ni hartos de grifa van a arrepentirse, condenar o siquiera lamentar los crímenes cometidos con sus propias manos, que en el caso del guineano Teodoro Obiang Nguema Mbasogo son bastante más que los novecientos de ETA. Pelillos a la mar, si al fin y al cabo, "es muchísimo más lo que nos une que lo que nos separa", según confesión del demócrata José Bono. Lo sospechábamos.Muy ilustrativa, la excursión bajo pabellón del parlamento español. PNV, IU, y ERC han tenido la decencia de descolgarse. El PP ha mandado a su denunciador de tiranos -menudo rostro- Gustavo de Arístegui, y CiU está representada por Durán i Lleida, que siempre tiene una vela para Dios y otra para el diablo... o la misma, con una mecha por cada lado. El rey de España, que anda con un problema de pelotas, según el cotilla de lo rosa Peñafiel, no ha podido ir en persona, pero le ha dado un mensaje al palafranero Bono para que se lo entregue en mano al sátrapa. Aquí nadie disimula.
domingo, 23 de enero de 2011
Obsolescencia programada... y consentida
Hace un par de semanas, La 2 de RTVE emitió este documental que prueba lo que todos hemos pensado muchas veces: la vida útil de los productos que nos ofrece la industria está medida casi al milímetro. Me pasó no hace mucho con mi coche. Veinte días después de vencer la garantía, tuvo un avería que me mordió mil doscientos euros. Tendré que decir que fue una suerte, pues aunque carísima, la reparación era posible. Cámaras digitales, teléfonos móviles, ordenadores, impresoras... suelen correr peor suerte: sale más caro el arreglo que comprar un artilugio nuevo. He perdido la cuenta de las veces que me ha pasado.
Sí, todos somos o hemos sido víctimas de la obsolescencia programada a la que alude el título del documental. Culpable número uno, la industria, pero... ¿No hay más cajones en el pódium? ¿No es también culpa nuestra? Me resultó muy curioso que la noche que lo emitieron, Twitter bulliera de recomendaciones para verlo y notas sobre su contenido: "No os lo perdáis", "Así nos engañan", "Son unos ladrones"... La cosa es que la red social del pajarito es muy indiscreta. Bajo los mensajes, suele chivar el programa e incluso el cachivache empleado para remitirlos. No pocos Iphones fueron delatados. Muy curioso, que una de las firmas que, según vimos, aplica a rajatabla lo de la vida corta y limitada sin posibilidad de reparación es la de la manzanita mordida que fabrica esos aparatos, por demás, de tecnología férreamente restringida.
domingo, 16 de enero de 2011
Ebook, ¿esto era?
Creía que había sido una decisión meditada, pero veo que me precipité. Esperaba más, bastante más, muchísimo más, del dichoso ebook. O tal vez, a la inversa: no esperaba tan poco. Se supone que es lo último de lo último, tecnología en estado puro... y resulta que canta a retro que es un gusto. Es decir, un disgusto.Esmirriado, pequeñajo para leer con comodidad pero a la vez armatoste para llevarlo de aquí para allá, con pinta de que se va a descuajeringar en cuanto le caiga una pestaña encima, en un blanco y gris con menos contraste que una Telefunken de 1953... y caro. 199 euros del ala he tirado a la nada por este Avant bq que -sospecho- sólo utilizaré por cabezonería para releer los clásicos en su pobretona tinta electrónica.
Que por lo menos sirva como escarmiento en carne ajena. No dudo que dentro de muy poco algo parecido a esto será el standard para leer. Repito: "algo parecido". Al artilugio le queda mucho colacao que tomar todavía. Si no habéis picado como yo, dejadlo estar. Ahora mismo es ortopedia pura.
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