domingo, 19 de mayo de 2013

No es Photoshop


Como lo estáis leyendo. La imagen que preside este apunte no es producto del Photoshop ni de ningún otro programa que haga lo mismo. Es una captura a pelo de la página correspondiente de ABC en la plataforma Kioskoymas. Hora de captura: cuatro y media de la mañana, no pienso daros explicaciones de qué hacía a esas horas despierto, ejem. Si vais ahora —ojo, que es de pago—, encontraréis una versión diferente. Y lo mismo, imagino, en la mayoría de las versiones en papel.

Hago esta aclaración tan tonta ante los no poco incrédulos que tras ver la pieza en Twitter, donde se ha difundido un porrón, daban por hecho que se trataba de una manipulación a mala leche para dejar por los suelos al vetusto diario. En algunos casos, la duda era producto del estupor ante el tamaño del dislate: con el pedazo de ridículo cosechado por El Sueño de Morfeo, parecía imposible que alguien se viniera tan arriba. En otros, sin embargo, se denunciaba con cerrilidad y hasta chulería el supuesto montaje. Bodoques, más que bodoques.

La explicación es la más simple de todas, aunque no deja libre del bochorno al autor del aleluya ni al medio que lo publica. Obviamente, el texto estaba enviado antes de que tuviera lugar la (penosa) actuación y, desde luego, de conocer la paupérrima puntuación cosechada. No es infrecuente en el periodismo tener que meterse a Nostradamus porque el evento del que hay que informar raya la hora del cierre de edición. Pero en esos casos, uno se pone lo más aséptico y segurolas que las circunstancias lo permitan. Pegarse un piscinazo de la talla del que nos ocupa es garantía de acabar quedando a la altura del betún. Y más, cuando todo hacía indicar que el bofetón iba a ser de categoría. No me gustaría estar ahora mismo en la piel del cronista-pitoniso, francamente.

lunes, 22 de abril de 2013

La decisión de Manolo Saco


Me entero con retraso de que Manolo Saco, ante cuya pluma hago la ola y aplaudo con las orejas incluso cuando no coincido en lo que dice, ha abandonado su colaboración en Eldiario.es. Con una elegancia que yo no sería capaz de empatarle, se despide de su puño y letra de los lectores en el último comentario a la entrada de su blog que provocó la decisión de marcharse con la integridad a otra parte. Qué atrevimiento el suyo, no bailarle el agua rodilla en tierra a Chávez, uno de los iconos intocables de una parte no pequeña de la parroquia que frecuenta el medio donde firmaba Manolo. Le cayó —era de cajón— la del pulpo y él, en lugar de liarse a salivazos con los que le ponían de facha cabrón para arriba, prefirió hacerse a un lado sin montar dramas: “Los lectores tenéis derecho a no correr el riesgo de sobresaltaros cada mañana, pensando que un francotirador os podría estar atacando con fuego amigo”.

Habrá quien diga que vaya poco fuste, que cuando uno se dedica a espolvorear opiniones debe estar dispuesto a ser hostiado con razón o sin ella y que si no aguanta que le unten el morro, mejor que se dedique a criar chinchillas. Obviamente, no tienen ni puta idea de quién es Saco ni de las veces que le han puesto las costillas al rojo sin que él dejara escapar medio quejido. Esto no va de bravucones supermachos. Sin estar en su piel, aunque sintiéndome muy cerca, puedo intuir que simplemente se ha hartado de darse de cabezazos con un muro. La cosa, creo, tiene que ver con lo que os contaba en la entrada sobre mi eterna confusión: hay lectores de boina atornillada que si no reciben el pienso exactamente a su gusto se lían a trompadas con el autor. No hablo de la sanísima discrepancia, de los que manifiestan —incluso con lenguaje contundente pero nunca entrando al tobillo— su desacuerdo y aportan sus razones. Esos y esas que te dicen lo que piensan sin pelos en la lengua apoyados en la confianza crítica son una bendición para los que decimos sinceramente y no como fórmula que estamos dispuestos a aprender... y a reconocer nuestros posibles errores. Los otros, los que, amparados en el cobarde anonimato, vienen a cagarse en tu padre son un puñetero cáncer.

En el caso de Manolo Saco hay, sin embargo, un matiz importante. Si normalmente puedes reservar el derecho de admisión para sacarte de encima a la talibanada, en Eldiario.es buena parte de los comentaristas son socios, es decir, sueltan sus euritos, dando lugar a esa máxima perversa del capitalismo consumista: el que paga manda. Teniendo en cuenta el tipo de medio del que estamos hablando y sus presupuestos ideológicos, no deja de ser desazonador que algunos de los que han pasado por caja estén convencidos a pies juntillas de que su cuota incluye el derecho a escupir a los autores que no les hagan cucamonas. Lo jodido es que si los que cotizan te piden genuflexiones contradictorias entre sí y tú tratas de complacerlos, acabas hecho un ocho. Por no hablar de lo gracioso que es que los que te reclaman una independencia cuasi heroica se enfurruñen si no tecleas a su dictado.

Hay una incómoda reflexión final. Se ha hecho ley de las redes sociales no alimentar a los trols. Esto se entiende normalmente como vencer la tentación de entrar al cebo venenoso que te dejan en sus deposiciones. Pero yo amplío el concepto. No alimentar a los trols también es directamente no proveerles de saque de sus potitos favoritos. Si los columnistas no salieran a buscar el aplauso y los medios no fueran a por el click de aluvión, tal vez otro gallo nos cantaría. Ya dije, y cada vez estoy más convencido de ello, que igual que hay una caverna, le están creciendo peligrosamente los dientes a algo que si no es una contracaverna, se le parece mucho. ¿Quién gana en el río revuelto, en el campo embarrado? Lo sospecho, pero estoy aun más seguro de que entre los que pierden figuran aquellos que, equivocándose o no en sus opiniones, tratan de exponerlas honestamente. Saco es uno de ellos. Hacedme el favor de decirme dónde podré seguir leyéndole.

domingo, 21 de abril de 2013

Contertulio Vizcaíno


¿Contertulio de un programa de televisión? Ni se me había pasado por la cabeza. Menos, desde mi última experiencia, hace como nueve años, cuando me invitaron al recién nacido Pásalo y me tocó pontificar sobre... ¡dietas milagro! No volvieron a llamarme y yo lo agradecí en el alma. De antes y después de aquello guardo en mi videoteca prohibida una notable retahíla de ridículos espantosos con las cámaras como testigos: una entrevista que me hizo Sobera en la que realicé todo tipo de contorsiones, un gag de Sorginen Laratza en que Lapitz y yo acabamos bailando a los sones del Cocidito madrileño con Alkain y Klaudio Landa y, fuera de concurso, el estropicio que le hice a la preciosa canción de Txomin Artola Txakurraren partia en el especial Nochebuena de ETB-1 de 2008. El solo recuerdo me vuelve la piel como la grana.

Ese currículum vergonzante, convenientemente envuelto en mi falta de tiempo, me había llevado a rechazar casi todas las propuestas de someterme a los focos que he recibido. Alguna entrevista corta, dos frases para una campaña en la que me sintiera identificado, promos de los programas de radio o, incluso, el spot a favor del Bono Kultura, pase. Más allá de ahí, y aun perteneciendo a la abundante especie de los que les cuesta mucho decir 'no' a quien parece necesitarte, he sido capaz de cerrarme en banda. ¿Por qué esta vez salió de mi boca un 'sí', tras sendas leves consultas —por este orden— a mi señora directora y a mi señora a secas y tomarme unos días de reflexión sin gota de insomnio? Si algún día me pongo en manos de un psicoanalista, se lo preguntaré. Entretanto, hago terapia de grupo con vosotras y vosotros, es decir, con quienes hayáis llegado hasta aquí a pesar de haber comprobado que estas líneas van —de ahí la etiqueta— sobre mi ombligo.

Siendo sincero, creo que el primer empujón fue una cuestión que roza el egoísmo: pensé que le vendría bien como escaparate a mi programa, a Onda Vasca y al Grupo Noticias. Después de tres años de veto infame —había excomunión para quien nos citara en la Txorilandia de Surio & Co—, volvemos a existir para EITB, que es nuestra casa y, en el caso de muchísimos de los temporalmente apestados, el lugar en que dejamos sangre, sudor, lágrimas y donde fuimos inmensamente felices; algo de lo que llegó a ser la radio televisión pública vasca, de lo que sigue siendo, tiene que ver con nosotros.

El otro motivo para dar el paso, y no poco importante, fue la posibilidad de participar, aunque fuera en cuota infinitesimal, en algo que se creaba de cero, con vocación de pluralidad y un planteamiento de partida sin concesiones a la frivolidad, al gallinero ni a la todología profesional. Tras la primera semana completa de emisión de ETB Hoy, es probable que quepan mil y un apuntes críticos, pero entre ellos no se cuenta el que se haya caído en la parrapla o el chou acostumbrado en espacios con los que aparentemente comparte formato. Y tampoco, subráyese con fosforito, en el balanceo ideológico o partidista hacia aquí o hacia acullá: baste citar a modo de ejemplo, que en mi segunda presencia, la del viernes, compartí mesa con Eva Domaika (Cadena Ser), Fermín Munarriz (Gara) y María Luisa García Franco (¡¡¡La Razón!!!) Pese a las aristas de los asuntos con los que lidiamos, todo fue como la seda, conste en acta.

Voy frenando, que este ya es el quinto párrafo y mi intención no iba más de contaros que he hecho algo que no entraba en mis cálculos y que estoy razonablemente satisfecho de que haya sido así.

lunes, 8 de abril de 2013

La potentada Barkos y el emporio Euskalerria Irratia


¡Extra, extra! ¡Supernotición del megacopón! ¡Piazo exclusivaza que no se la salta Sergei Bubka! Que cuenta el Diario de Navarra —sí el del gran don Raimundo García, alias Garcilaso, que en gloria requeté esté— que Uxue Barkos, además de peligrosa provasca, es una prevaricadora del carajo de la vela. ¿Otra que ha pillado dietas triples de la Can? ¡Ca, muchisímo peor, o sea, pior! ¿No te fastidia que a su señoría abertzalizante se le ocurrió pedir al tesoro español (¡es-pa-ñol!) un óbolo para el emporio comunicativo que atiende por Euskalerria Irratia? ¡Siendo ella misma, chúpate esa, accionista de ese garito que viene a ser —todos lo sabemos— la versión foral de Murdoch Corporation, que no hay más que ver sus micrófonos de oro y los sueldos megamillonarios que cobran sus piadores!

Y ahora en serio o así. Tiene toneladas de bemoles que el papel que se ha puesto de perfil en todo el mondongo del Canicidio salga ahora con estas y que, para más inri, lo haga en una portada a todo trapo. Por fortuna, creo que ya no cuela. Hasta al lector más hooligan de DDN le dan los magines para saber que, por desgracia, ser accionista de la eternamente puteada Euskalerria Irratia es mucho más un acto de altruismo sin esperanza de retorno económico que una inversión. Pretender sacarle punta a esa bola de billar es un autorretrato a tamaño natural de quien lo hace. Y una pésima práctica periodística. ¡Con la de cátedros de la uni guay que ejercen en el medio!

domingo, 7 de abril de 2013

Más sobre la inocencia según Bruckner

Completo el apunte anterior con una selección de citas de La tentación de la inocencia. Son todas de la primera parte. He frenado al darme cuenta de que corría el riesgo de copiar medio libro. En cualquier caso, son más que suficientes —ahí os dejo el envite— para debatir, dialogar, comentar o lo que os/nos pida el cuerpo sobre su contenido. Para que situéis mejor a Pascal Bruckner, anoto (esto me lo recordaba El Jukebox) que, entre otras obras, es autor de la novela Luna amarga, llevada al cine por Polanski hace más de dos decenios y que aquí vimos bajo el título Lunas de hiel. Vamos, que cualquier parecido con Paulo Coelho es mera coincidencia... Ahí van los entrecomillados:

El infantilismo combina una exigencia de seguridad con una avidez sin límites y se manifiesta en el deseo de ser sustentado sin verse sometido a la más mínima obligación. Si se impone con tanta fuerza, si tiñe el conjunto de nuestras vidas con su tonalidad particular, es porque dispone en nuestras sociedades de dos aliados objetivos que lo alimentan y lo segregan continuamente, el consumismo y la diversión, fundamentados ambos sobre el principio de la sorpresa permanente y de la satisfacción ilimitada.
 En cuanto a la victimización, es esa tendencia del ciudadano mimado del «paraíso capitalista» a concebirse según el modelo de los pueblos perseguidos, sobre todo en una época en la que la crisis mina nuestra confianza en las bondades del sistema.
 [El infantilismo y la victimación] consagran no obstante esa paradoja del individuo contemporáneo pendiente hasta la exageración de su independencia pero que al mismo tiempo reclama cuidados y asistencia, que combina la doble figura del disidente y del bebé y habla el doble lenguaje del no conformismo y de la exigencia insaciable. Y así como el niño, por su débil constitución, dispone de unos derechos que perderá al crecer, la víctima, por su sufrimiento, merece consuelo y compensación. Hacerse el niño cuando se es adulto, el necesitado cuando se es próspero, es en ambos casos buscar ventajas inmerecidas, colocar a los demás en estado de deudores respecto a uno mismo.
 Se usurpa entonces el lugar de los auténticos desheredados. Y éstos no reclaman derogaciones ni prerrogativas, sino sencillamente el derecho a ser hombres y mujeres como los demás. En eso estriba toda la diferencia. Los pseudodesesperados quieren distinguirse, reclaman favores para no ser confundidos con la humanidad corriente; los otros reclaman justicia para convertirse sencillamente en humanos. Por eso mismo hay tantos criminales que se ponen la máscara del torturado con el fin de perpetrar sus crímenes con la absoluta buena conciencia de ser unos canallas inocentes.
 La izquierda histórica (que hay que distinguir de los partidos que se reivindican como tal), heredera del mensaje evangélico, ha conseguido imponer al conjunto del mundo político el punto de vista de los desfavorecidos; pero con demasiada frecuencia se ha estrellado en el amanecer posrevolucionario, en la transformación ineludible del antiguo explotado en nuevo explotador. Movimientos de liberación, sublevaciones, levantamientos populares, luchas nacionales, todos parecen condenados al despotismo, a la reproducción de la iniquidad. ¿Para qué sublevarse si es para repetir lo peor? Tal es la dificultad: ¿cómo seguir acudiendo en ayuda de los dominados sin ceder ante los impostores de todo tipo que se apropian del discurso victimista?
No digáis que no se os ocurren apostillas y contra-apostillas. Pues a ello.

Todos somos inocentes... menos algunos


Le tenía ganas a La tentación de la inocencia de Pascal Bruckner, pero en todas las librerías donde preguntaba se me encogían de hombros. Lógico, teniendo en cuenta que su primera edición data de 1996. La solución estaba —cómo no había caído antes en ello— en las librerías de viejo de internet, concretamente en La Candela de Murcia, que me sirvió un ejemplar en perfecto estado en un abrir y cerrar de ojos. No será la última vez, intuyo.

¿Mereció la pena la búsqueda y captura? Diría yo que sí, aunque apresurándome a apostillar que discrepo sin matices de muchas de las ideas que su autor vierte torrencialmente a lo largo de casi trescientas páginas. Hay momentos en los que se sube a la parra del erudito que está de vuelta de todo y, francamente, es inevitable bostezar, ponerse a la defensiva o limitarse a leer con paciencia hasta el siguiente fragmento que te diga algo. Como se dispensa en pildoritas, siempre acaba apareciendo un detalle u otro que capta tu interés y te hace darle un par de vueltas... o media docena. ¿No es eso lo que buscamos en los libros? Servidor, por lo menos, sí, y en esta obra iba sobre seguro, porque desde las reseñas previas sabía que la idea central, sintetizada en el título, encajaba como un guante en una de mis obsesiones recurrentes. Hela aquí en palabras de Bruckner:

“Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado”.

¿Cómo? ¿Ya estamos otra vez con la martingala de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades? Ciertamente, no, salvo que se tome con carácter retroactivo o como profecía, pues vuelvo a recordar que el texto tiene casi veinte años. Se escribió en los albores de esa época de presunta bonanza que, sabiéndola perdida, tanto se añora y se recrea mejor de lo que fue. Es decir, ya apuntábamos maneras de lo que el tiempo ha confirmado. Y aquí me detengo para evitar la crucifixión.... aunque sé que no lo lograré.

lunes, 1 de abril de 2013

Adiós, sueño islandés


Qué bajón. Islandia ya no sirve como espejo al que mirarse. De revolución, nada. Un efímero ensueño. Aunque, caray, hay que ver cómo se aferraban a él algunos, cómo se subían cuatro centímetros por encima del suelo para callar la boca de los cenizos que barruntábamos que sonaba demasiado bonito para ser verdad. Y no era solo cosa de intuición pesimista, sino que leías cosas aquí o allá y no salían las cuentas. Pero cualquiera se atrevía a discutir. Como tantas veces, entregabas la perra gorda sonriendo y agradecido por no haberte llevado una somanta dialéctica.

¿Algún aprendizaje? Sospecho que no. Esas verdades esféricas que mentaba en el apunte anterior seguirán ahí, hinchándose hasta hacer ploff y ser sustituidas por la siguiente, puesta en circulación por exactamente los mismos pergeñadores de la martingala difunta.

Descanse en paz la quimera islandesa. (Recomiendo vivamente la lectura del enlace)

[Imagen tomada del portal Enpositivo]